Aprovecho esta nueva entrada de La Comarca para presentarles, en el formato de una crítica coral bajo las firmas Ernesto Menéndez-Conde, Sergio Ramírez y yo, el enorme trabajo de un artista cubano residente en Nicaragua, cuya poética resulta de un gesto disidente y tránsfuga que se burla de la gravedad de los lenguajes y de las etiquetas. Se trata de Arnolkis Turro, una rara avis dentro de las narrativas de la pintura cubana estacionadas en el espacio de la diáspora, un cimarrón en la frontera de la figuración y de la abstracción, un gozador -en toda regla- de la pintura más allá de su definición estilística y de la tiranía de las escuelas.

Los artistas cubanos, afirmó en su momento Gerardo Mosquera, son como mala yerba. Se reproducen y proliferan en cualquier lugar de este mundo, incluso en aquellos a los que la imaginación no alcanza. Este es el caso de Arnolkis Turro quien, aislado de la dinámica predatoria de la gran urbe e inmerso en el exotismo de la naturaleza local de Nicaragua, trabaja en los perfiles de una narración pictórica abstracta, de acento geométrico, en la que se advierten infinitas referencias culturales a su origen isleño y al contexto de recepción.
La obra de Arnolkis, podría decirse, es un ensayo de fabulaciones, un ejercicio de construcción/deconstrucción de la nueva jungla, el reordenamiento de un palimpsesto enfático donde amenazan los fantasmas de pasado y se alistan las voces de lo que está por llegar. Su pintura disfruta, desde mi punto de vista, de una dimensión arquitectónica y hasta lúdica donde se expresa la teatralidad del barroco latinoamericano. Cierro los ojos y, diluido en la retina, alcanzo a ver las obras del mismísimo René Portocarrero y las de otras muchas firmas del arte cubano de vanguardia preocupadas por la teleología de lo nacional. En ella se entrecruzan y se superponen un completo ramillete de experiencias estéticas alrededor de las cuales se organiza la vida de este artista. Hablamos de la literatura, de la mitología, de la música popular, de las festividades tradicionales del contexto en el que vive, así como de la memoria afectiva que llevamos todos en esa mochila pesada que acompaña nuestro exilio eterno.

Arnolkis es un hombre de la tierra, un ser amaestrado por los dones de las circunstancias. Es, como yo, una subjetividad escindido, un cuerpo que ha debido de rehacerse sobre los episodios del naufragio y el concilio de la utopía. ¿Cómo sobrevivir al infierno si no fuera por el amor incondicional y confesable hacia lo que hacemos? Creo que a Arnolkis le ocurre lo que a mí con la escritura. No sabemos hacer otra cosa, nos debemos en cuerpo y alma al vértigo de la creación, a ese fuego que redime y que también mata.
Su obra, me temo, es una huella, una gran huella, una suerte de tatuaje que expone la identidad cubista y poliédrica de lo que somos. En ella se resuelven los lineamientos indóciles de múltiples cartografías irreverentes y superpuestas. La luz del Caribe ilumina una y otra vez la hechura (y la textura) de sus espléndidas superficies. Todo parece arder en un fuego de pasiones como sucede en la letra de cualquier bolero. El contraste se convierte así en perturbación deseosa, en búsqueda y extravío al mismo tiempo. Las composiciones pulsan el ritmo de lo barroco y asisten al encuentro de realidades (i)reconocibles que, por otra parte, resultan demasiado cercanas. La sublimación y estilización de la realidad es, en beneficio suyo, un acto de resistencia estética. El entusiasmo ecuménico de su pintura resguarda los valores del arte y adiestra a los que miran guiados por el afán de comprender un poco (o nada) de este raro mundo que hunde sus raíces en lo cosmogónico y en lo telúrico.
Arnolkis es, con largueza, un cimarrón en la tierra.
Andrés Isaac Santana / Crítico de arte, ensayista y curador de exposiciones. Autor de
varios libros sobre arte cubano y latinoamericano.

Arnolkis Turro, entre la figuración y lo abstracto
Ante las pinturas de Arnolkis Turro, las palabras del crítico de arte podrían resultar superfluas, cuando no artificialmente complejas. Como ocurre con la obra de muchos otros artistas, los textos solo muy rudimentariamente conseguirían comunicar una expresividad que demanda, ante todo, prestarles atención a los valores pictóricos de la imagen. Turro trabaja en lienzos que, sin ser formalistas, ni hedonistas, ni una pintura sobre la pintura, apelan a la sensibilidad visual.
Nacido en Guantánamo, una provincia oriental de Cuba, Turro fue uno de los últimos egresados de la Escuela Nacional de Arte de La Habana. Se graduó en 1996, cuando la otrora prestigiosa institución cerró definitivamente. Cinco años más tarde, el pintor abandonó la isla caribeña. Luego de residir en Alemania, España y en los Estados Unidos, se instaló en Nicaragua, donde hace poco amplió su estudio. Al igual que su compatriota Tomás Sánchez, el artista, después de emigrar de su empobrecido país natal a sociedades altamente desarrolladas, se retiró a un entorno rural, distante de los centros culturales hegemónicos y -cabría añadir- lejos del mundanal ruido. Su experiencia como emigrante ha contribuido a enriquecer su pintura.
Para el tríptico Promesantes (2023), Turro se inspiró en unos festejos patronales nicaragüenses, en los cuales los promesantes -o sea, aquellos que ofrecen tributos a los santos patrones- ocupan un lugar central. La pintura parece trazar una transición de lo figurativo a lo abstracto. En el panel de la izquierda todavía puede reconocerse la representación de una planta en una maceta de barro. Los rostros de los promesantes tienen la apariencia de máscaras o fantasmagorías. Sin embargo, en el lienzo central, y más aún en el ubicado a la derecha, el artista parece cambiar su punto de vista, como si en la procesión -ahora tal vez captada desde lo alto, a vuelo de pájaro- las individualidades se diluyeran en el entusiasmo colectivo, en los movimientos del gentío, en el bullicio de una muchedumbre que adquiere un aspecto cada vez más abstracto. El rojo, que aparece en muchos de los trajes típicos de la celebración, en los adornos corporales, y en las carrozas, es uno de los rasgos más llamativos de las fiestas patronales. En el lienzo de Turro, se convierte en una metáfora de la celebración popular. Se despliega como un inmenso campo de color, dentro del cual es posible disfrutar de sutiles armonías cromáticas, de gestos expresivos, de secuencias de líneas, de transparencias, en las que el bermellón se difumina con el amarillo, que el pintor empleó como base del conjunto.

En otro de sus trípticos, titulado Playa lacustre (2023), asistimos también a una secuencia donde las referencias figurativas, sin suprimirse del todo, van perdiendo importancia. Una representación de la Virgen María -evocada mediante la estructura triangular, la cabeza inclinada y el manto que cubre su cuerpo- disminuye de tamaño, como si estuviese más distante, aunque también cromáticamente más cercana, si se repara en los colores cálidos con que Turro pintó su imagen. En el panel de la derecha, la virgen está ausente. Parecería como si se hubiese transformado en una planta o en una flor, mientras en la superficie del lienzo prevalecen chorreados de tintas, figuras geométricas y una armonía de blancos. En una entrevista que le hice en mayo de 2021, Turro afirmó que deseaba “comunicar poéticamente narraciones contemporáneas urbanas o de origen rural, arraigadas en lo real maravilloso de Latinoamérica”. En Playa lacustre, lo cotidiano colinda con el milagro. Como en otras obras suyas, los muchísimos detalles, la prolija división en planos y el horror al vacío que puede apreciarse en algunas áreas, podrían hacer pensar en el neobarroco, cuyo parentesco con lo real maravilloso es tan palpable en las novelas de Alejo Carpentier, y que ensayaron muchos artistas y escritores latinoamericanos para representar una supuesta -en el presente muy cuestionada- identidad regional.
Con su manejo del azar, sus armonías de color y sus alusiones figurativas más fácilmente reconocibles, Turro está creando obras que procuran develar espacios de intimidad, en los que seguramente podría hablarse de impulsos inconscientes. Espacios inspirados en representaciones de la naturaleza, en episodios bíblicos, evocaciones de santos y vírgenes, prácticas vernáculas y recuerdos personales. Este heterogéneo mundo poético -que, como escribió el crítico literario nicaragüense Álvaro Urtecho, tiene algo de infantil con raíces oníricas- está expresado desde un cromatismo visualmente fulgurante, por medio de veladuras, trazos espontáneos, descomposiciones de las figuras, además la inclusión de grafitti y de texturas logradas con barnices o con empastes de pigmentos.
Turro, pinta profusa e incesantemente, con una celeridad asombrosa. Incursiona en lienzos de grandes tamaños, dejando un margen a la improvisación. Crea acordes cromáticos, ritmos visuales y motivos geométricos que reaparecen, como leitmotiv, a lo largo del lienzo. El propio pintor ha expresado que las cinestesias entre la música y la pintura constituyen uno de sus intereses fundamentales.0

Desde la Antigüedad clásica, estas correspondencias “que cantan los transportes del espíritu y los sentidos”0 han sido exploradas tanto por músicos como por pintores y poetas. En el siglo XX tuvieron una enorme importancia en la génesis y el desarrollo de la abstracción. Como mismo ocurre con la expresión “mundo interior” -tan gastada y banalizada para hablar del arte no representacional- la idea de explorar las cinestesias entre los colores y los sonidos revistió una creciente importancia a medida que el arte se apartaba de la copia mimética de la realidad. Sin embargo, estas correspondencias, que resultan tan atractivas para los artistas, apenas pueden ser descritas mediante palabras. Los textos podrían incluso ofrecer el efecto de homogeneizar las muy numerosísimas “variaciones sobre un mismo tema”, que enseguida saltan a la vista, cuando se comparan los trabajos de centenares de pintores y escultores. En el caso de Arnolkis Turro, es llamativa la confluencia entre esas cinestesias y la noción de lo real maravilloso latinoamericano.
Las inquietudes estéticas de Turro son parecidas a las que animaron a los artistas que en el pasado trabajaron en lo que hoy algunos críticos han convenido en llamar retrovanguardia, es decir la asimilación tardía y al mismo tiempo híbrida de las contribuciones del arte que resultaba novedoso en la primera mitad del siglo XX, incluido el interés por el expresionismo abstracto. Pero también es una pintura que le debe mucho al influjo de creadores contemporáneos. Turro mencionó cómo sus lienzos se fueron transformando tras su salida de Cuba, a medida que se familiarizaba con las obras de artistas como Cy Twonbly, Anselm Kiefer, Richard Serra, Mark Bradford, José Parlá y Caroline Kent. Estas referencias no solo muestran que el arte de nuestro tiempo, sin ser necesariamente paródico y sin que necesariamente persiga adentrarse en simulacros o pastiches, no puede sustraerse de una intrincada amalgama de relaciones intertextuales y transhistóricas. Tampoco puede dejar de participar en complejas relaciones internacionales, que para el individuo incluirían los viajes turísticos, los desplazamientos migratorios, las visitas a museos y galerías de arte en los grandes centros urbanos y el influjo descomunal que está teniendo el Internet en la vida cotidiana.
Ernesto Menéndez-Conde / Crítico de arte, ensayista y curador. Autor de “Trazos en
los márgenes: Arte abstracto e ideologías estéticas en Cuba”. Tomo I y II. Ediciones
Dador, 2019.
OBRAS CITADAS:
– Graham, John. “Excerpts from System and Dialectic of Art”. En: Landau, Ellen G.(editora) Reading Abstract Expressionism. Context and Critique. New Heaven & London, Yale University Press, 2005, pp. 142-146.
– Menéndez-Conde, Ernesto. “The religious syncretism is one the most evident forms of the marvelous real in my paintings. Arnolkis Turro”. En: Arnolkis Turro. “Paisaje sin quietud” (Catálogo), sin datos de publicación, 2021.
-Urtecho, Álvaro. Texto, El nuevo diario de Nicaragua 2005.

Paisaje sin quietud
La pintura de Arnolkis Turro está bendecida por ese milagro de la luz del Caribe, compuesta de tantos contrastes que aún la penumbra se enciende en rescoldos y la noche tienen una refulgencia fosforescente. Relumbre solar que descompone el paisaje en fragmentos de fuego y da fulgores a los minerales, a la vegetación, a la tierra toda, al cielo antillano sollamado.
Es una pintura que saca ritmo del color y donde las formas están siempre en movimiento. Arnolkis es capaz de convertir amaneceres, mediodías y crepúsculos en un guateque perpetuo, que amontona y reparte fulgores, y aún las voces de la fiesta pasan a tener tonalidades sobre el lienzo. Voces calentadas al sol y oscurecidas por el ron.
Una pintura de rastros. Rastros de la memoria. El paisaje étnico que queda en el ojo del pintor, y pasar a los ojos de los demás. Bohíos olvidados, caminos sin tiempo, la manigua entrelazada de lianas, el monte donde la luz se filtra en encajes. Lo que José Lezama Lima, nos dice en Paradiso en palabras, aquí está expuesto imágenes: «La brisa tenía algo de sombra, la sombra de hoja, la hoja mordida en sus bordes por la iguana columpiaba de nuevo a la noche». Una celebración del misterio.
Nunca he visto mejor ejemplo de imaginación calculada sino en estos cuadros donde la geometría es parte del desenfreno de la composición, figuración de sueños y visiones que se descomponen en lo abstractos como una materia que huele a tierra recién llovida y a rastrojos de cañaverales. Y se entrevé en los trazos la presencia de los balcones, esos balcones decrépitos llenos de tiestos de flores, como los que nunca dejó de ver Eliseo Diego en La Habana: «los balcones, de fragantes barandas de hierro, como flores extrañas, secas entre páginas…”.
Una geometría que si conceptualmente busca dividir los espacios, cuadrados, triángulos, círculos, rombos, trapecios, y compartimentarlos, las líneas que contienen los colores desbocados vienen a cumplir la función de distribuir el goce del que mira, para dar al ojo un orden cebado en la multiplicidad. Dar sosiego a lo que no tienen sosiego. El paisaje sin quietud.
Sergio Ramírez / Escritor y periodista. Premio Miguel de Cervantes, Premio Alfaguara
de Novela, Beca Guggenheim en Artes, América Latina y Caribe.
Notas al pie:
- En la anteriormente citada entrevista “Me gustaría lograr lo mismo que un músico moderno o clásico, quien consigue conmover el alma con sus piezas” (5). ↩︎
- “Qui chantent les transports de l’esprit et des sens”.(Baudelaire. “Correspondeces”) ↩︎