Si buscamos en Google la palabra “recolectora” una de las primeras definiciones que aparece en internet es la de “persona que se dedica a la recolección de los frutos de la tierra”. Creo que no hay palabras más acertada para hablar del trabajo de Elisa Insua, una artista de origen argentino que literalmente trabaja con todo lo que se encuentra tirado en el suelo. Cualquier objeto puede ser susceptible de formar parte de alguna de sus composiciones: baratijas rotas, latas vacías, monedas perdidas, todo lo que ya haya sido usado y por ende desechado.

Elisa Insua, One Dollar Bill II, 2018
Recolectar es uno de los instintos más primitivos del ser humano e implica un movimiento que obliga a la artista a desplazarse fuera de su taller, dejar su zona de confort y explorar el mundo de forma directa y tangible. Así se nos presenta esta artista, como una viajera insaciable que investiga nuestra sociedad intentando construir, o mas bien ordenar, el caos histórico moderno a partir de sus residuos e incluso de sus detritus. Será el collage su medio natural de actuación, al fin y al cabo, la idea de collage es una suerte de reciclaje crítico. Con su llegada a manos del cubismo, de repente, se descubrieron las posibilidades expresivas de lo cotidiano, superándose así los antiguos materiales y poniendo en manos de artistas como Elisa Insua un lenguaje completamente abierto y libre, que carece de normativas y que a menudo nos muestra una visión de la realidad mucho mas cercana que otras disciplinas, pues se apodera de un trocito de ella.

Elisa Insua, Pound Sterling, 2016
Entre las piezas de estos collages se entrevé un potente juicio hacia el capitalismo, pero esto no lo hace desde el desconocimiento. Elisa se licenció en el año 2011 en economía empresarial, aunque pronto se dará cuenta que ese no es el camino que deseaba y empezará a profesionalizar su trabajo. Esta licenciatura le proporcionará un bagaje que pocos artistas tienen, un conocimiento sobre cómo funciona la economía del momento y que dará a sus piezas un fuerte contenido teórico crítico. Solo hay que echar un vistazo a su serie Currency, en la que representa las monedas más poderosas del mundo. Por su apariencia poco desentonarían dentro de una iglesia, haciéndonos reflexionar en si no estaremos bajo el yugo de una nueva religión global.

Elisa Insua, Collective Goals III, 2018
En sus composiciones también podemos ver cierto aire lúdico, no solo por los colores vibrantes y dorados que las dominan y que son capaces de llamar la atención hasta del ojo más vago; sino también porque crea verdaderos puzles donde cada pieza parece que está destinada a un lugar exacto y no cabría en cualquier otro. Tal es la precisión y compactibilidad de su trabajo que nos cuesta creer en la procedencia de los materiales que lo conforman. Es más, estas obras poseen una estética que se nos antoja bastante majestuosa, pues más que un montón de objetos abandonados parecen piezas de orfebrería recién sacadas del taller. Un trabajo minucioso con unos tintes que danzan entre el Pop Art y el Barroco. Un barroquismo que bien podría rozar lo rococó, si tenemos en cuenta el horror vacui que cubre tanto sus paneles como sus esculturas, los lujosos tonos o incluso, en obras como Superself III, nos invita a vernos reflejados en esa falsa elegancia y opulencia a la que la época de las redes sociales nos tiene sometidos.

Elisa Insua, Monopoly, 2017
Los iconos que vemos en sus obras son totalmente reconocibles por cualquier tipo de espectador, pues lo que busca es indagar profundamente en la conciencia de ese consumidor voraz en el que nos hemos convertido. Como todo buen artista pop que se precie, decide tomar estos iconos de nuestro tan anclado imaginario popular, jugando e invirtiendo sus significados con cierto aire irónico y burlón. Así, nos encontramos con una máscara de Darth Vader recubierta totalmente de joyas que ya poco temor nos puede transmitir, o quizá al contrario, quizá nos muestre hasta dónde puede llegar la vanidad de los líderes más ricos y crueles del mundo. O los grandes tableros de juegos como el Monopoly, siendo este una de las demostraciones más sarcástica de cómo el capitalismo mueve nuestras vidas. Jugamos a ser millonarios.

Elisa Insua, Darth Vader, 2018
La sombra de ese consumo desmedido siempre está presente en estos divertidos collages, pues conforman el discurso precisamente con los rastrojos que éste deja a su paso. La obsolescencia programada, el uso excesivo de plásticos, el incontrolable bombardeo publicitario al que estamos sometidos y la propia ansia de poseer son temas que quedan abordados y enmascarados en sus piezas. Trampantojos que intentan aprovecharse de las grietas de nuestra conciencia para combatir nuestros malos hábitos, haciéndonos recuperar el interés por lo que hemos abandonado y que ahora volvemos a mirar porque lo consideramos arte. Este enigma encubre y a la vez nos incita a estudiar las propiedades de esos elementos insólitos. Al buscar la solución manejamos las características que conforman la obra, lo que lleva al espectador a revelar los diferentes niveles de su significado. En un primer vistazo está lo bello, por muy banal que resulte ese término hoy en día en el mundo del arte, a sus obras realmente se le puede aplicar sin caer en tópicos, pues lo bello forma parte de su juego. En un segundo vistazo el ojo reacciona, es obligado a observar de nuevo ya que percibe un sin fin de elementos extraños, de objetos que no deberían estar ahí. De este modo se trastoca el orden narrativo y material que consideramos habitual en las artes, lo que afecta a nuestra perfección de la realidad y nos obliga a cuestionarnos el motivo por el cual estos desechos han sido llamados de nuevo a nuestra vida.

Elisa Insua, Value Distortions, 2019
Ese ímpetu viajero y recolector animó a Elisa a cruzar el charco en 2018 y probar suerte en la ciudad de Madrid. Allí conoció un pequeño negocio de chatarrería cerca de su estudio, con cuyo dueño entabló una relación de amistad que sería muy enriquecedora, no solo como una gran fuente de materiales para sus trabajos, sino también para conocer la tarea de este oficio. Observó de cerca cómo estos, también recolectores, intentaban vivir con los sobrantes de la humanidad, creando una microeconomía compuesta por todo aquello que perdió su propósito pero en la que ella aun veía la impronta de una historia en común. Gracias a este encuentro comenzó en su carrera una relación mucho más estrecha con los metales y comienza a analizar cómo el valor de estos ha sufrido drásticos cambios a lo largo de la historia. Elisa me ponía como ejemplo el aluminio, con el que en época colonial se hacían joyas de extravagante valor para reyes, llegando incluso a ser más caro que el oro debido la compleja forma de separarlo de otros metales. Hoy, que sabemos como obtenerlo de forma barata, producimos tanto que se usa hasta para hacer latas de Coca-Cola.

Elisa Insua, Superself III, 2018
Cada uno de estos objetos provienen de un lugar distinto y cuenta una historia diferente, y aunque hayan sido encontrados en la precariedad más absoluta, Elisa Insua consigue crear con todos ellos una viva imagen de las condiciones de vida modernas. En cada época histórica se descubre o reinventa el valor de uno o varios materiales, en nuestros días, parece que hay una corriente que opta por exponer todo lo que la historia antes consideraba indigno de atención y mucho menos noble. Pero, ¿acaso el arte no es una continua mutación de materiales en nuevos mensajes?
Etiquetas: Elisa Insua Last modified: 4 mayo, 2020
El arte de Elisa Insua invita a mirarlo sin cansancio. Por lo atrapante de sus colores brillos y formas, por su significado y fuerte mensaje, y por no poder dejar de encontrar en sus obras esos objetos que nos dicen tanto y nosotros mismos hemos comprado usado y deshechado. Excelente nota!!!!