El ser se representa como una serie, no la televisiva, sino como una panoplia de elementos idénticos, levemente distinguidos por un matiz que no es capaz de superar la enorme presencia de «los mismos». Si habláramos de una serie televisiva esto sería bien distinto: estaríamos hablando de alguna manera de un recorrido, de una sucesión viva de modificaciones en el mismo elemento que se vive en el tiempo. Estaríamos hablando de una máscara, que, como persona y como mucho, se escenificaría a sí misma en un lapso de tiempo conociendo siempre ese yo que se encuentra por debajo de la presencia como una estructura completa a la ilusión de la máscara. Si estuviéramos hablando de serie televisiva, finalmente, hablaríamos incluso de un matrimonio consumado del yo que se encuentra por debajo y el resto de los protagonistas y sus espectadores. Algo así.
Porque el ser ya no vive en la historia. El hecho de ser ésta la época historicista por excelencia, que narra obsesiva cada ápice del yo fisiológicamente desprendido en el transcurso del ahora, es, «mutatis mutandis», precisamente la confirmación de que la historia se está convirtiendo a nivel cultural en una experiencia pasajera como fin. Eliminable por prescindible, diríamos. Ahora, la historia es al hecho de vivir un proceso consustancial al formalismo del vivir. Se vive para, se historiza por la razón de. Vivir, ya, no es más que rastrear y coleccionar; como un ser deconstruido a sí mismo; no es más que pretender recoger para su regazo las especias en que la esencia, parcamente, se deshacía y se materializaba en un resto pre-documental de «mi paso por el mundo». Consciente de su paulatina fragmentación, porque él fuera todo uno, el ser sólo aspira a reagrupar en un puzzle imposible las diferentes instantáneas de su existencia. De modo que existir sólo le fuera contener el aliento en un abrazo a sí mismo.
Aquí la Historia ha superado, para su desgracia, su trayecto por la tragedia y ha pasado al umbral del útil, de la herramienta, hasta integrarse en la viscosidad, dinámica por viva pero estancada, del ser.
Por contra de la Historia, y dada que ninguna razón mantiene cerrada su circunvolución, el ser es angustiadamente consciente de que esa existencia es sola en la práctica del historizar y que, así pues, levita su intelecto parapetado en un flash extraño, pues su cuerpo no es conscientemente, es desecho por desechable, del que sólo puede configurar con la certeza de la intuición el retrato de ese yo que se mira en el espejo. Y parapetado está el retrato de sí mismo por más que sus ilustres imaginados (ilustres, como él, marginados del sí mismo) sean otros o ningunos. Parapetado está en el conocimiento de sí, en el movimiento de conocer más bien, como facetas fragmentadas con su luminosidad, su tonalidad más o menos gris, su matiz contrastado científicamente; y su abstraída sustancia. En ese mirarse y remirarse el retratado se oferta a sí mismo y se dispone en el mapa de su seguridad por más que ese mapa sea sólo eso, un plan no limitado y, por lo tanto, inconcluso.
Y mirarse en el espejo no es sino anclar cada una de las imágenes alcanzadas en ese principio cultural que es la base procesual de la historial. Someter a eternidad, la poca de que disponemos aún soportando que ella sea una entidad sine qua non, mientras somos vida, esos elementos básicos, más allá de la asignación de un signo, gestálticos, meramente sintomáticos (pues no es debido ir más allá de la asignación del criterio de síntoma) de una relación que va contra el yo eterno para convertirse en una anécdota cromática y gráfica.
Porque hablamos de la base procesual de la historia, decimos que no puede ser contra el ser sino el resto del ser en tanto que uno de tantos resultados mínimos de su utilidad. El cómo es de esa herramienta es lo que nos interesa: en la base de la Historia se encuentra la observación, la identificación y la clasificación, pero no la asignación de una máscara (personalidad si se quiere), del resto. Aquello de que hablamos tradicionalmente de resto, documento y monumento. A fin de cuentas, es exactamente el mismo proceso por el que constituimos imágenes; la diferencia sustancial está, precisamente sustancia, en la asignación de una identidad y con ella de la función en el mundo: tanto a la imagen como al elemento histórico lo llamaremos resto, con todo lo que ello conlleva.
Etiquetas: CAC Málaga, Luis Gordillo Last modified: 27 agosto, 2012