El Museo de Huesca acoge la exposición “La leyenda en el imaginario”, comisariada por Chus Tudelilla, y en la que encontramos dos instalaciones de los artistas Antonio Fernández Alvira y Lina Vila, con las que se ahonda en la permanencia de la leyenda en el imaginario colectivo para desvelar los mecanismos mediante los cuales sigue arraigada en la historia.
Timothy R. Tangherlini explica que la leyenda es una narración tradicional corta de un solo episodio, situada en tiempo y espacio específicos, que refleja una representación psicológica simbólica de la creencia popular y de las experiencias colectivas, y que sirve de reafirmación de los valores comúnmente aceptados por el grupo a cuya tradición pertenece.
Teniendo esto en mente, nos acercamos a un lugar escenario de leyendas, al Museo de Huesca en el que se sitúan dos historias que provienen de los reinados de Ramiro II el Monje y de su hija Petronila. La muestra parte de ellas, con el fin de penetrar en la ficción que acompaña a toda realidad y dar a ver la realidad de toda ficción. A través de ellas reflexionan sobre cuestiones que afectan a temas de actualidad, tales como el silenciamiento histórico al que se ha sometido a las mujeres, la permanencia en el tiempo del jardín como expresión cultural, la crisis del poder y de lo establecido y la irrupción de la ruina.
El primer escenario en el que debemos pararnos es la Sala de la Campana, donde cuenta la leyenda que Ramiro II el Monje decapitó a los nobles aragoneses rebeldes que menospreciaban su poder por considerarlo manso y nada entendido en armas. Hacia 1135, Ramiro II pidió consejo a fray Frotardo, su maestro en el monasterio benedictino de Saint Pons de Thomières, a través de un mensajero. Como única respuesta, fray Frotardo salió al huerto del monasterio y cortó las coles que más sobresalían. El rey creyó entender. Y con el pretexto de hacer una campana que se oyera en todo el reino, ordenó decapitar a los nobles rebeldes que más se burlaban conforme entraban en el salón.
Este es el lugar elegido para situar la instalación de Antonio Fernández Alvira titulada ‘El último resplandor’, una obra en la que se evidencia que todo lo que parecía indestructible, estable e inamovible se derrumba, demostrando la fragilidad de los símbolos de poder. Esta debilidad se acentúa con el trampantojo visual que caracteriza las instalaciones de Fernández Alvira, en las que las piezas que parecen estar realizadas con madera, realmente fueron creadas con papel pintado con acuarela.
El segundo espacio en el que nos detenemos es en la iglesia románica del Palacio Real, conocida como Sala de doña Petronila, y donde la tradición sitúa su matrimonio con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona en 1150, tras la firma de las capitulaciones matrimoniales en Barbastro, en 1137, cuando Petronila no había cumplido un año. Así lo dispuso su padre Ramiro II el Monje, obligado tras la muerte de su hermano Alfonso el Batallador a salir del convento, ser rey y contraer matrimonio con Inés de Poitiers. Concebida para dar continuidad a la dinastía de Aragón, la vida de Petronila se corresponde con los dos modelos de mujer establecidos por la iglesia durante la Edad Media, esposas y madres o tutela eclesiástica. Petronila fue reina de Aragón entre los años 1157 y 1164, cuando abdicó en su hijo Alfonso II y dispuso vivir retirada hasta su muerte en 1173.
La instalación de Lina Vila se titula ‘Un jardín para Petronila’, la artista ha recreado un lugar de recogimiento, en alusión al retiro voluntario de Petronila. Sobre el suelo de la iglesia románica se disponen cuatro acuarelas según el orden armónico de los claustros medievales, cuyos jardines se diseñaban como representaciones ideales por ser modelos del Paraíso, según un registro simbólico de tradición cristiana.
Fechas: Hasta el 22 de enero de 2017
Lugar: Museo de Huesca, Huesca
Imágenes: Jose Garrido/Museo de Huesca
Etiquetas: Antonio Fernández Alvira, Lina Vila, Museo de Huesca Last modified: 15 diciembre, 2016