“Sorge” significa en alemán “cuidado”, y según el filósofo Martín Heidegger este término describe el puente entre los dos dominios del ser: el exterior al individuo, cuyas determinaciones son las categorías, y el interior, esto es, el ser que soy, el conformado por mi estancia en el mundo y cuyas determinaciones son lo que Heidegger llamaba los existenciales, profundos e irreductibles modos de ser de la existencia. Conjugar estas dos facciones de la experiencia humana en una metáfora visual ha sido la esforzada labor que el artista granadino Roberto Urbano (1979) ha materializado en la Madraza de Granada.
Tres grandes piezas instalativas de hierro oxidado inundan majestuosamente el intrincado espacio expositivo de la antigua universidad árabe. Múltiples hileras dentadas configuran su morfología, como una especie de marea o tejido agresivo que nos hiere visualmente, y es que el sentimiento de dolor es un aspecto esencial en la obra de Urbano. “Sorge: el cuidado y la cura” es una exposición que se vive en dos compases continuos. En un primer momento, observamos las piezas en la lejanía y éstas se descubren imponentes debido a su forma, dimensiones y material. Sin duda, nos encontramos ante tres obras de trascendencia que podemos intuir nos hablan del anteriormente citado dolor, la angustia, el daño e incluso la tortura, experiencias todas ellas que no debemos interpretar desde el ámbito literal, sino metafórico. Para el individuo resulta sumamente duro enfrentarse a las formas concretas del “estar-en-el-mundo”, es decir, el haber sido arrojado a la tierra para experimentar una vida de inautenticidad, y por ello, ante esa enorme y oscura desazón, necesita protegerse y cuidarse. He aquí el segundo compás que corresponde al “Sorge” descrito por Heidegger: estoy en el mundo, pero protegiéndome de él. El amparo lo encuentro en el “hacer cotidiano”, en la tarea del día a día, y por supuesto, en la construcción de mi propio conocimiento, que finalmente es un modo deficiente del cuidado, del encontrarse con el mundo cuidándose de él en el tráfico cotidiano. Así mismo, tras el primer impacto que nos provocan las estructuras dentadas de Urbano, se produce un acercamiento en el que descubrimos lo azaroso: sobre los dientes de hierro el escultor ha fundido otro tipo de materiales metálicos (acero corten, aluminio, cobre, latón…) que se depositan sobre las grandes bandas ferrosas de manera desigual. Es entonces cuando la pieza nos atrae con un magnetismo extraordinario, y nos descubrimos observándola a pocos centímetros, admirándonos ante la belleza de lo casual, que por supuesto, se opone plenamente a lo sustancial. He aquí la distracción, el quehacer circunstancial que nos cura y nos aleja, en cierta medida, de las preocupaciones existenciales.
Como podrán adivinar, el propio movimiento por la sala, la aproximación a las obras o el alejamiento nos sitúa mentalmente en un momento de duda sustancial o de construcción cognitiva momentánea, y es que uno de los elementos más importantes con los que el escultor juega es el espacio. Podemos observar estas estructuras metálicas tomando cierta distancia o acercándonos extremadamente, sin embargo, no podemos transitarlas. En cierta manera el artista granadino está recreando el ideal del viajero romántico, perfectamente definido por Caspar David Friedrich en su pintura El caminante sobre el mar de nubes (1818), cuyo protagonista se enfrenta a la inmensidad de la naturaleza con todo lo que ésta conlleva, por supuesto la reflexión sobre la vida y la muerte, pero sin la posibilidad de atravesarla, de sumergirse en ese océano nuboso. Tan solo podemos asomarnos al abismo, contemplando estas grandes estructuras que nos atraen y repelen a la vez.
Las grandes bandas dentadas de Roberto Urbano, con su textura oxidada anaranjada, entroncan en cierta manera con la estética de la Escuela Vasca de Escultura. Autores como Eduardo Chillida o Jorge Oteiza también utilizaron el material ferroso en sus creaciones, fundamentando su lenguaje en la experimentación geométrica con el espacio. Sin embargo, hay algo más allá de lo puramente formal o matérico que conecta la creación de Urbano con la de los maestros vascos: el peso. Una gravedad que no tiene que ver con la consistencia del hierro, sino con la profundidad del mensaje de estas esculturas: la existencia, la experiencia, el dolor y también la muerte. El peso de la vida humana, en definitiva.
Artista: Roberto Urbano
Fechas: Hasta el 16 de marzo de 2018
Lugar: La Madraza. Centro de Cultura Contemporánea (Granada)