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Michel Pérez Pollo

Written by: Crítica de arte La Comarca

SUSPICACIA. Michel Pérez Pollo

El arte sin rebeldía no moviliza, pero ello no le excluye ni le hace ausente.  El arte, también, puede ser (o resultar) de un gesto contemplativo y pasivo: de una posición hedonista, de un amanecer que confunde sus límites o de una ocasión que se sorprende por el tránsito de las estaciones. Pasa el tiempo y aquí estamos. Pasa el tiempo y, entonces, podemos hacer memoria frente a los devaneos de la amnesia y de las rabias colectivas. Soy, como diría mi gran maestro y amigo, Rufo Caballero, un crítico de la enunciación y de la idea, no un asalariado de la verificación, no un esclavo de la demostración. Soy, como también decía él, un tipo que intenta hacer bien su trabajo, consiguiendo unas veces; otras no. No importa mucho el coro que te hagan los otros. No importa si te quieren bien o te quieren mal. Lo que importa, como le decía hace unos días a un jovencísimo Héctor Onel Guevara, es la arquitectura de la obra y su inequívoca sostenibilidad; las palabras (y las habladurías) se las lleva el viento. Los detractores, los más afanados detractores, lo he dicho alguna vez, son, paradójicamente, tus mejores publicistas. Ellos son, a no dudarlo, los que han inspirado las montañas de textos que, como este, amo escribir en medio de la gimnasia sexual, la pirueta intelectual y el sarcasmo oportuno.

© Michel Pérez Pollo

Con cincuenta años bien cumplidos, ricos en contradicciones, aderezados en mil batallas, asistidos por todo tipo de difamaciones, sellados por la mitología del terrible, resguardados por las acusaciones sistemáticas de ser un gran misógino, bailados al ritmo de Celia Cruz, de Bad Bunny y bendecidos por el amor infinito de mi madre desde la lejanía sufrible de aquella isla, ya no puedo (tampoco quiero) hacer oído a los rumores de apaleadores, despechados e insatisfechos que solo pueden ver, si acaso, el asomo tímido de su pene en la superficie brillante de la obra ajena. La realidad y sus relatos existen en la medida en que es uno mismo el que los alimenta y los perpetúa. En cada nueva batalla que debo liberar por la publicación de un texto crítico no deseado o no construido desde la complacencia, termino por comprender cada vez más y mejor la primacía de la especie gregaria y endogámica por encima de la casi perfecta nulidad del individuo. El reduccionismo de los seres humanos nos mueve a admitir la regencia de esa gramática que se reduce a ¨conmigo¨ o ¨contra mí¨. La revolución, definitivamente, nos ganó a todos. Damos por malo e inconcebible ese criterio que se opone al nuestro, damos por hecho lo no es más que un supuesto.

Y esta digresión, con declaradas advertencias de intenciones, es para recordar los comienzos de uno de nuestros mejores artistas de la pintura. Todo comenzó, con el mismo brillo y la misma ilusión en el año 2009, cuando Raymaluz González, en su entonces galería Luz y Suárez del Villar, hoy PlusArtis, decidió hacer la primera exposición personal a Michel Pérez Pollo. Entonces fui yo el curador de la muestra y compartí espacio en el modesto catálogo con el enorme Santiago B. Olmo, actual director del CGAC-CENTRO GALEGO DE ARTE CONTEMPORÁNEA. Luego de este noble gesto vino la ambiciosa muestra en el CEART de Fuenlabrada gestionado por Juan Carlos Moya y la propia Raymaluz. Se produjo así el milagro de una carrera meteórica que ha cultivado éxitos hasta hoy y que, a diferencia de alguno de sus colegas de generación, mantiene intacta su humildad. Creo, igual me equivoco, que fui de los primeros críticos que escribió sobre Michel Pérez Pollo. Por ese espacio en San Lorenzo 3, en el barrio de Chueca, pasaron (y escribí sobre todos) los que hoy figuran entre los mejores artistas cubanos de esta generación. También, algo mayores, Rocío García y Carlos Estévez, cuyas exposiciones tuve la suerte de curar. Recuerdo de esa lista a Alejandro Campins, Niels Reyes, Maykel Linares, Osvaldo González, Adriana Arronte, Heidi García y Orestes Hernández, algunos de ellos artistas de Galería Continua.

© Michel Pérez Pollo

Llegados a hasta este punto de la dramaturgia de los recuerdos uno descubre que no existen milagros ni se sostiene ningún tipo de misterio que no sea el trabajo diario y la fe en la escritura y el pensamiento. Les sobra vehemencia a algunos y les falta memoria a otros para aceptar que la crítica fue entonces y es ahora. Habrá que incendiar las historiografías reduccionistas para ceder espacio a nuevos relatos que recuperen la historia sentimental y ética de un espacio como Luz y Suárez del Villar. Todos miran hacia los focos luminosos del éxito sin atender a esos pequeños episodios que inauguraron el viaje.

Hoy, casi veinte años después, Michel Pérez Pollo, cuya obra sigue siendo objeto de mi admiración y pretexto para mi escritura, expone con la galería suiza Mai 36 Galerie. Aprovechando el contexto de la semana del arte y la celebración de esta última edición de la feria ARCO, la galería anunció la apertura de un espacio temporal en Madrid con una exposición individual de Michel Pérez Pollo. Aprovechándome también de esta ocasión, preparo esta entrada especial para PAC clausurando así una deuda que tenía con el artista y con su hermosa obra.

Esta publicación incluye las firmas de Niurma Pérez Serpa, Francois Valle, Julia Cooke, Píter Ortega, Enrique Guitart y Pedro E. Rizo.

Vista de la exposición de Michel Pérez Pollo en Mai 36 Galerie (Madrid)

I

Alguien me comentó en cierta ocasión que los grandes artistas persiguen una obsesión. En el caso de Michel Pérez Pollo esta se hace cada vez más consciente. Se revela a través de un universo simbólico propio que lo distingue, un modo de hacer y de interpretar la realidad que puede variar, pero el camino siempre será el mismo. Cuando conoces su pintura es difícil que no puedas identificar alguno de sus cuadros. Ya él ha delimitado su obsesión, sobre la que volverá una y otra vez.

En un principio, se hace visible el deseo de explorar la vida interior imaginada de objetos cotidianos u otros tomados del entorno, como los juguetes que marcaron a su generación. Estas piezas iniciales, más anecdóticas, provocan cierta sensación de extrañeza al situarnos ante imágenes ambiguas que, en ocasiones, insinúan el posible diálogo o relación entre seres u objetos que aparentemente no guardan nexo alguno. Con ello logra una imagen extremadamente poética, llena de sensibilidad y lirismo.

Con el tiempo, los nexos con la realidad física se van desdibujando y las formas adquieren un aspecto más imaginativo y simbólico. El carácter narrativo va dando paso a un discurso mucho más profundo y de compenetración con el acto mismo de pintar. En efecto, la pintura actual del Pollo es un disparo al intelecto. Se libera cada vez más del sentido descriptivo para convertirse en un ejercicio intelectual; se torna más sutil apelando a la síntesis de la idea y mientras más simplifica más comunica; se vuelve más íntima, misteriosa.

A mi juicio, la obra del Pollo es una suerte de homenaje a las vanguardias en tanto asimila, desde una perspectiva totalmente contemporánea, los grandes aportes del arte moderno. Con una nueva visualidad no deja de recordarnos a Picasso, Giorgio de Chirico, Magritte o a quien el propio artista reconoce como su máxima influencia: Giorgio Morandi. Es innegable la deuda con la pintura metafísica, esa que a inicios de siglo xx sentó las bases para el posterior desarrollo del movimiento surrealista. El artista intenta penetrar en el mundo interior de ese aparente mundo inanimado. Sus obras están envueltas en un halo de misterio que nos hace cuestionarnos acerca de la existencia de esas formas y el modo en que llegaron a su estado actual; nos parece posible su existencia, aunque la razón nos indica que no. Los cuerpos van tomando su fisonomía a través de apéndices, como si estuviera a nuestro alcance poder descomponerlos por partes y volverlos a armar. Esferas, cuadrados, rectángulos de diversos tamaños que nunca llegan a serlo de un modo perfecto parecen el punto de partida de las figuras que pueblan su universo simbólico.

De igual modo, su pintura privilegia el gesto de contenido expresionista. No podemos quedar indiferentes ante las figuras y formas que habitan sus cuadros, sabemos que no son reales, pero son creíbles. Tal parece que sienten, padecen, respiran. Aunque suelen padecer alguna imperfección o revelarse en su forma más primigenia, sin molde preciso, ellas se muestran impávidas, conscientes de sí mismas. Son capaces de trasmitirnos su estado de ánimo, emociones y sentimientos que transitan por la nostalgia, tristeza, paz, armonía.

Niurma Pérez Serpa

Vista de la exposición de Michel Pérez Pollo en Mai 36 Galerie (Madrid)

II

Hace unos quince años que conozco y trato a Pollo, cuya obra, singular y ambigua, ejerce sobre mí un gran poder de fascinación. Sus pinturas transfiguran los objetos que recicla, combina, ensambla y modela a partir de esculturas (hechas con plastilina, arcilla, madera, piedra, roca, fruta…), para interrogar físicamente el acto de mirar, de observar, de escrutar la apariencia y la esencia de las cosas. Su obra origina una desviación consciente de nuestra concepción empírica del mundo; tiene el poder poético de determinar sus distintas perspectivas y de detener el tiempo, “el justo tiempo humano”, estirándolo para dinamizar el espacio y ver aparecer la inmanencia de las cosas.

También está el color. En las pinturas de Pollo, el color es lo primero que vemos y nos emociona. El color es lo que realmente crea estos objetos: les da forma, corporeidad; los junta o separa con sus tonos delicados, desvaídos, plomizos, aplicados por transparencia; con sus tenues y sutiles velos cromáticos; con sus grados de claridad y sombra, de donde aflora su indecible presencia, su manifestación, su fuerza, su expansión.

Michel Pérez Pollo es uno de los pintores contemporáneos que más contribuyen a elevar el vigor y la perennidad de la pintura, a seguir haciendo de ella una fuerza de resistencia a toda voluntad de negar la vida, una actividad metafísica de la existencia.

Francois Valle

Vista de la exposición Vidas paralelas de Michel Pérez Pollo y Pascale Marthine Tayou en Galleria Continua / Habana.

III

Un pedazo de arcilla para modelar no es un ser humano, no si ha sido esculpido con apariencia de busto y menos si es una pelota de color amarillo limón con el lado derecho lleno de grumos, como si quien le diera forma hubiera recibido alguna mala noticia y mientras se preocupaba por ello con sus manos lo oprimía demasiado fuertemente con un dedo índice errado. No es humano aunque tiene lo que parecen orejas – una de esas orejas es verde y la otra es amarilla, con rayas carmelitas como de cebra. No tiene cuello, ¡un monstruo sin cuello! Está sentado sobre otro pedazo de arcilla roja que ni siquiera trata de parecer un cuerpo, sentado para un retrato que no es un retrato sino una naturaleza muerta.

Un fragmento de una pieza de alfarería azteca no se parece a un torso, no si está balanceado sobre otros dos pedazos de roca, ni siquiera si tiene una cabeza de arcilla rosada con una protuberancia que pudiera ser una frente obstinada y un pico que pudiera ser una boca haciendo pucheros. No hay manos, no hay pies. Una pierna tiene pliegues y rayas, la otra se proyecta hacia afuera. No es humana –está compuesta por formas y no tiene semejanza física con una persona. Y sin embargo, estos trozos de arcilla para modelar, representados en pintura acrílica sin grumos sobre el lienzo, recuerdan seres humanos. Sus imperfecciones son atrayentes.

Los perros no tienen lenguas del tamaño de sus cabezas, que salen enredadas de sus bocas en ángulos imposibles. Los perros no son trípodes amarillos de patas regordetas que, carentes de garras, descansan en una pastilla rectangular de arcilla rosada. ¡Y los bichos! Los bichos no se paran derechos, en forma que parecen signos de exclamación con cabezas color beige virados bocabajo, con sonrisas azules satisfechas, reclinados contra un tomate. Quizás es un niño, no un bicho. Pero los niños tampoco se recuestan contra tomates, ni siquiera los niños felices con un ojo azul mayor que el otro, acariciando sus cabezas redondas con satisfacción contra un tomate rojo cuyos pliegues orgánicos y protuberancias relucen en la luz de forma atrayente. No hay nada remotamente emocional dentro de un cuadrado de lienzo que contiene una pieza de arcilla en forma de herradura con diminutas rocas encaramadas encima, frente a un horizonte que va disminuyendo, y sin embargo – con un pedazo de roca, una sombra improbable, una mancha brillante de rojo encima de un monótono terrón gris-carmelita – la escena produce sensaciones de misterio, de calma, de promesa.

© Michel Pérez Pollo

Entrar en una habitación llena de enormes cuadros de Michel Pérez “El Pollo” es como errar dentro de un panteón de seres humanos absurdos y amistosos, y animales y horizontes que en realidad no parecen en nada ser seres humanos o animales u horizontes. Los cuadros parece que fueran retratos hechos cuidadosamente de esculturas hechas de arcilla para modelar, rocas, conos de pinos, frutas, mármoles y pedazos de alambre torcido. Los personajes improbables están de pie, pulidos, delante de fondos tranquilos, simples, pero a pesar de sus mejores esfuerzos, pequeños hilos de pintura gotean subrepticiamente de orejas y piernas. Terrones de arcilla torcidos parecen raros promontorios dentro del marco de un cuadro. Y de alguna forma, como parte de la experiencia de visualizar estas pinturas, tales limitaciones, recordatorios de que estos son solo objetos encontrados, no restan realidad a su personalidad. Podemos saber que estos son cuadros de diminutos modelos que El Pollo ha hecho, y sin embargo podemos sentir que son humanos o animales o escénicos al mismo tiempo.

Las pinturas de El Pollo capturan la autonomía de la imperfección, una liberación de la normalidad. Cualquier humanidad contenida dentro de sus marcos rectangulares es de una clase atrasada que no se supone surja de la asociación lógica. Ellas evocan la satisfacción de la melancolía y la libertad de estar atrapado, o la sensación atrapada de estar libre. Ellos inspiran emociones antes que pensamientos, preguntas antes que respuestas. “¿Qué es la gente? ¿Qué es un individuo? ¿Qué es personalidad?” Cada modelo es un actor en la mente de El Pollo, interpretando un papel en un intento de hacer las preguntas sin respuesta que él se hace a sí mismo. Ellos dan la sensación de estar mirando a un espejo de un parque de diversiones y ver solamente esa única pieza del yo abstracto que se ha tratado de enterrar bajo capas de realidad: ropa, conducta, elogios, maquillaje. ¡Realidad!

El Pollo empieza a pintar sin pintar en lo absoluto, sino creando pequeños modelos de arcilla y objetos encontrados. Puede pasarse hasta una semana haciendo, digamos, veinte modelos, tomando en cuenta el color, la composición, el balance, las relaciones sensoriales entre los materiales –viejos y nuevos, duros y suaves– y las asociaciones emocionales que diferentes objetos producen en la mente humana. Una pieza de una pirámide azteca no es lo mismo que un trozo de asfalto de la calle en el exterior del estudio de El Pollo en La Habana, y tales connotaciones contribuirán a la sorpresa y personalidad que El Pollo busca cuando realiza la prueba a sus veinte modelos como sujetos de sus cuadros. Uno, quizás dos, serán fotografiados desde distintos ángulos y con diferente luz.

Eventualmente, El Pollo pintará una semejanza de este modelo, un retrato de colores y proporciones que han sido sopesadas y analizadas a todo lo largo del proceso. Él cita como influencias a Paul Cézanne, Pablo Picasso, George Condo, Edward Hopper, y a pintores metafísicos italianos como Giorgio de Chirico y Carlo Carra.

Con modelos y pinturas que son a la vez surrealistas, poéticas y mundanas, El Pollo espera “generar sensaciones específicas como calma, o estabilidad emocional, sensaciones que son muy útiles cuando se vive en una sociedad como la mía”. La suya es una sociedad en la que una generación de jóvenes pintores cubanos, tras experimentar con otros materiales y formas de expresión, aterrizaron en una pintura sobre lienzo aparentemente tradicional. Dentro de este rico contexto, la obra de El Pollo aparece como una amalgama única de arte de procesamiento y orientado al objeto, de lo pintado con aerógrafo y lo deforme, lo sentimental y lo resignado. Al pintar sujetos absurdos y diminutos, El Pollo nos guía hacia pensamientos y emociones que son auténticos y expansivos.

Julia Cooke

Un Otoño XVI, 2023 © Michel Pérez Pollo

IV

La obra del joven artista cubano Michel Pérez Pollo parece preguntarse todo el tiempo el “por qué” y el “para qué” del acto mismo de pintar. Sus trabajos se encaminan a pensar y cuestionar el propio medio: sus alcances expresivos y semánticos, su historia y perspectivas futuras, su pertinencia en los tiempos que corren, etc. Son un ejercicio de autoconciencia o autoconocimiento estético, de disección de la ontología de lo pictórico. El célebre pensador norteamericano Arthur Danto decía que el arte no está hecho para pensarse a sí mismo, sino para dialogar con una realidad que está más allá de él. El Pollo parece decirnos que eso es pura falacia, que la introspección resulta más grata que el parasitismo de lo real.

Mientras muchos manifiestan “estar hartos de ser brutos como un pintor”, Michel se niega a travestirse en una polilla conceptualista, en un ratón de los “nuevos” medios. Él se cuestiona todo el tiempo qué es lo contemporáneo, qué arte es más o menos eficaz en nuestros días (y por qué), cuáles son las definiciones y límites de lo conceptual (a fin de cuentas, todo arte lo es), cuál es la responsabilidad ética del arte actual (si es que la tuviese), quién decide la repuesta “correcta” a tales preguntas (y sobre la base de qué razones)… La suya es una pintura desprejuiciada, despojada de vicios y estereotipos. Una pintura que polemiza con su pasado, al tiempo que le rinde tributo, consciente siempre de que cualquier afán de renovación o ruptura lingüística sería demasiado ingenuo, insostenible (ya todo está inventado, diríamos en el argot popular).

Gozar la pincelada vendría a ser en última instancia cuanto le importa, más allá de reflexiones sociales, políticas, moralistas. Más allá de utopías ochentianas (y hasta noventianas, por qué no) trasnochadas. Es común escuchar en el “mundillo” del arte la frase: “una cosa es ser un pintor, y otra, bien diferente, ser un ARTISTA”. El Pollo nos diría algo así como: “y si quiero ser solo un pintor, ¿cuál es el problema?” Valdría preguntarse cuánto de prejuicio ha arrojado la contemporaneidad sobre dicho término. Al final, se está pintando desde la Prehistoria, de modo que sus cultores de hoy tienen un gran peso sobre sus espaldas, en lo que concierne a tradición e influencias. En estos tiempos resulta probablemente más difícil (y por tanto más atractivo, seductor) consagrarse al caballete que al video-arte o las artes de acción procesual (las cuales también han envejecido, sin duda, y han instaurado su propia academia, pero de cualquier modo su surgimiento es más cercano en el tiempo). Si algo destaca en la trayectoria de este joven creador es su fidelidad al lienzo. Detrás de cada uno de sus cuadros subyace una cuestión medular de actitud (y “aptitud”, desde luego) ante el gesto y las especificidades de lo pictórico.

Influencias o ascendencias culturales se descubren varias: el neoexpresionismo alemán de los años ochenta y la pintura china de los 90´ y los 2000´ serían las más notables. No obstante, los trabajos del Pollo poseen eso que podríamos llamar –tal vez un poco atrevidamente– una “personalidad” propia, un “aura” que los torna sugestivos y los aleja del “montón”, de la masa arrollada por la Historia. Dicen algunos que el espectador contemporáneo vive una realidad tan agitada y convulsa (con una velocidad e inmediatez tan pronunciadas en sus actos) que difícilmente sacrificaría tres minutos de su tiempo para contemplar una obra de arte en una galería o museo; y que si eso llegara a suceder resultaría un indicio bien alentador que hablaría de la calidad (o al menos de la fuerza expresiva) de dicha obra. Me ha pasado con Michel, honestamente; todo el tiempo me sucede. Sus telas me obligan a volver sobre ellas una y otra vez, sin una explicación concreta, solo para disfrutarlas desde la recepción más prístina, descontaminada, sin esas manías interpretativas de los dementes de la semiótica, según los cuales todo quiere decir “algo”, o todo “gato” tiene su “quinta pata”. Eso se llama autenticidad: autenticidad creativa y autenticidad en el acto de recepción. Sus piezas me interrogan, me desafían desde la simplicidad, desde el gesto mínimo, desde la humildad de sus pretensiones y la grandeza de sus resultados.

Su operatoria se basa justamente en eso: una suerte de minimalismo visual que busca la producción aleatoria de sentido partiendo del efecto poético que puede generar la conjunción de dos objetos en su versión más primaria y esencial, sin “maquillajes” o aditamentos decorativos superfluos. Todo ello primero a nivel de maqueta o estudio escultural miniaturizado, llevado luego a la iconografía del lienzo final. Y la síntesis se da en todos los aspectos, incluso en el de la relación figura-fondo: el primer término adquiere el protagonismo total, mientras que al segundo no se le presta mucha atención, quizás para no distraer la mirada del espectador. Se trata de una obra reposada, medio zen, donde impera cierto estatismo, cierta inamovilidad. Y mucho silencio (lo cual se agradece sobremanera, en medio de la propensión a la “bulla” que signa al arte contemporáneo). Piezas en las que uno siente que el pincel fue soltado en el momento justo (otro indicador de valor, si tenemos en cuenta cómo proliferan los excesos en nuestro contexto, ese no percatarse de dónde “parar” la mano y dar por concluida la obra).

© Michel Pérez Pollo

Si bien el Pollo ha transitado por varias etapas creativas, en algunas de las cuales optó por el retrato (a partir de abstracciones mentales, sin modelos reales ni fotográficos) o por la representación de muñecos-juguetes humanizados, con sus perfiles psicológicos sobredimensionados (entre otras aristas temáticas que se pudieran mencionar); creo que son sus trabajos más recientes los de mayor impacto, justamente por ser los que más se concentran en lo esencial desde el punto de vista morfológico . En estos se potencia la arquitectura misma de la imagen, su estructura imprescindible, de ahí que los valores de diseño alcancen una dimensión especial. Lo cual, unido a las características de los formatos –mayormente grandes–, termina siendo mucho más contundente.

Aunque he indicado que en su obra importan más los valores formales que los de contenido, no quiere decir por ello que no se puedan advertir en las telas de Michel ciertas obsesiones discursivas de interés. Y en este sentido no hay dudas de que la mirada se focaliza esencialmente en el complejo universo de la infancia, pero no desde la descripción o la anécdota estériles, sino desde el acento elíptico del sentido, desde el abordaje tangencial y solapado de problemáticas de profundo cariz psicológico. Nunca observamos a los infantes en el campo visual; su presencia es sustituida por un sistema objetual que lo evoca de manera indirecta: juguetes, muñecos de plastilina, y otros iconos cuyas marcas de ternura, lirismo y candidez los entroncan con dicha etapa de la vida. Se trata de una poética a medio camino entre la alegría y la tristeza, entre el emprendimiento y la apatía, entre el optimismo del futuro y el dolor de la añoranza, entre el llanto y la risa. Un universo sígnico en suma polisémico, y detrás del cual se pueden leer numerosas historias de vida, fantasías, anhelos, utopías dilatadas… Cada uno de esos muñecos o juguetes se humanizan para recordarnos algo macabro, una suerte de venganza de lo inanimado, una bofetada que hace añicos los presuntos cimientos sobre los que se sostienen los sistemas axiológicos de la adultez. Frente a un arte contemporáneo tan signado por los vicios del paratexto, por la necesidad del complemento escritural (o verbal) que “esclarezca” la comprensión de las obras; en medio de tanto cripticismo que redunda en ineficacia y falta de habilidades comunicativas; los trabajos del Pollo poseen otra gran virtud: su efectividad y autonomía en materia de producción de sentido. Ellos “hablan” por sí solos, no requieren acotaciones a posteriori. Son en esta dirección autosuficientes. Su rotundez visual y expresiva es su carta de triunfo, más allá de cualquier “masturbación” conceptualista añadida.

Otro rasgo que distingue a sus creaciones es la ambigüedad, el carácter camaleónico y travestido de la imagen. Sus figuras (sobre todo las más cercanas en el tiempo) son una y muchas cosas a la vez. Sin abandonar por completo el referente, se acercan por momentos a los códigos de la abstracción. Así, una masa geométrica cuasi amorfa puede erigirse en un minotauro tremendamente enigmático; un banco azul se convierte en una liebre que desafía nuestra capacidad imaginativa; o tres moles de piedra simulan un inquietante y turbador beso. Todo depende de nuestra destreza asociativa, de nuestros ardides para trocar lo anfibológico en poesía, la duda en certeza. “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”, reza el cuento más corto de la Historia. Y me recuerda mucho a las obras del Pollo, ciertamente, sobre todo por la facilidad que estas demuestran para articular narraciones profundas con recursos exiguos. Por la manera tan sagaz con que fabulan mundos apócrifos desde el ademán imperceptible, tímido. Y por la cantidad de incertidumbres e interrogaciones que suscitan. Lo cual siempre resulta placentero para el espectador avisado, sediento de retos.

Ajeno a cenáculos y grupúsculos; más allá de modismos fatuos; con una proyección internacional admirable para su edad; desde una relación exitosa y sincera con el factor mercado; y haciendo gala de un oficio pictórico y una cultura visual vastísimos; hoy no me caben dudas de que Michel Pérez es un pintor soberbio, de un talento extraordinario. Uno de los mejores del contexto cubano actual, y lo digo sin temor al exceso, a la desmesura. Qué más da. Él llegará muy lejos, eso lo tengo clarísimo. Y lo hará porque, además de todos los logros referidos desde el orden estético, posee uno insuperable en el ámbito de lo humano: la bondad y trasparencia de sus intenciones. Algo que un tiempo atrás estimaba nimio, desdeñable en lo que respecta a juicios de valor en el campo de la crítica; sin embargo, hoy no lo puedo desatender, de ningún modo. El inescrúpulo y la toxina que asfixian el medio, el arribismo generalizado que vive del “ojo por ojo y diente por diente”, me han hecho reparar un tanto más en la valía del altruismo, del desprendimiento. La vida ha terminado importándome tanto como el arte. Y el Pollo, por sobre todas las cosas, es un gran amigo, una persona maravillosa.

Excepcional.

Píter Ortega

© Michel Pérez Pollo

V

Para comprender el trabajo de Michel Pérez Pollo no hay que saber nada. A menudo nuestro supuesto saber impide ver lo que no sabemos.

Nos encontramos ante un cuadro pintado por un artista cubano, nacido a comienzos de los años 80, en una ciudad a 800 km de La Habana. Pensamos en ron, tabacos, Fidel, balsas hacia Miami, pero también en santería, arte religioso, misticismo, culturas precolombinas y en la cuna de corrientes políticas y sociales de enorme relevancia para todo el continente. Conocemos también algunas características del arte latinoamericano, la selección de materiales como tierra, piedras, elementos de la naturaleza, ramas, objetos de devoción o de uso cotidiano, todos elementos que no necesariamente se encuentran en los típicos comercios Europeos especializados en suministros de materiales para el arte; elementos que en todo caso subrayan una identidad propia, que destacan el orgullo por la propia diversidad cultural; elementos que celebran diversidad y riqueza por igual. Objetos de una cultura que acumula y que transforma con las propias manos. Esta acumulación es progresiva, complementaria, no es pensada de manera lineal y se refleja naturalmente también en la percepción y comprensión del arte y de la producción artística. No conoce ni el Renacimiento, ni el Barroco o el Arte moderno, no pretende alinearse en ningún «time line», porque teme morir en una «time capsule». Esta acumulación se produce caóticamente. Esta acumulación tampoco se ordena según aspectos políticos o geográficos: aquí los franceses, allí los suizos, debajo los africanos, a la derecha los chinos y después los latinos. Esta acumulación no conoce horizontalidad, ni en el tiempo ni en la geografía. Está marcada por la verticalidad: mar, tierra, árbol, sol, cielo. Y esta acumulación siempre está ahí, no tiene pasado porque siempre es actual y no se interesa por el futuro. Crece hacia arriba, es apilada, y una y otra vez se construye desde el principio, porque los días nunca son iguales, porque el clima cada día es distinto y porque todo, absolutamente todo lo que está, siempre estuvo: mar, tierra, sol, cielo. ¿Se ve todo eso en el trabajo de Michel Pérez? No, desde ningún lado se puede ver todo.

El cuadro acumulativo de Michel Pérez Pollo comienza a adquirir forma hacia 1999. Son los primeros intentos, acompañados de una carrera académica, de expresar su universo. Aquí puede verse el cuadro construido con objetos encontrados. Estos objetos pueden ser juguetes infantiles, pero también piedras o artículos de uso de la vida cotidiana. Ninguna pieza encontrada expresa por sí misma el lenguaje que Michel Pérez quiere expresar, sino que los objetos son parte de su gramática, órganos que él combina para dar vida a un cuadro. Aquí se puede ver o sentir, si se quiere, los métodos del arte latinoamericano. Puede intuirse una cierta identidad. Michel Pérez vive en una realidad impregnada de arbitrariedad, casualidad y creatividad. Una realidad en la que siempre falta algo para vivir más o menos honradamente. Donde todo es reparado con lo más inusual, donde una mesa a la que le falta una pata se completa con un palo de escoba para que ella pueda seguir cumpliendo su función. Visto de esta forma, la vida cotidiana es un collage que Michel Pérez traduce en sus cuadros.

Esa primera época se caracteriza por años muy intensos, muy ricos e imagina ya un universo, la posibilidad de pintar su universo. Y comienza a encontrar ya casi con los ojos cerrados las partes de ese rompecabezas. Pero sabe que uno no puede combinar eternamente esta piedra con esa butaca, este juguete con ese otro material. Sí, está bien, pero no es finalmente lo que el quiere. Uno puede asistir a la realidad mediante prótesis, pero en algún momento será agotador también para Michel Pérez ir nuevamente a buscar tales prótesis. La poesía de la combinación de los hallazgos resulta para él demasiado surrealista, como soñada, no realmente interpretable, no suficientemente clara. Estas figuras o elementos que forman parte de sus cuadros son teóricamente correctas, en el sentido de una contextualidad comprensible, de una herencia cultural, de una percepción general de la realidad. Ellos hasta ahora fueron como un telón de fondo, como un soporte de algo, como un lienzo previamente pintado sobre el que Michel Pérez Pollo otorga mediante su intervención un significado adicional. Él ayuda a estos objetos encontrados a adquirir nuevos significados.

En algún momento del año 2007 lo acumulativo alcanza un peso que no se soporta a sí mismo y se desmorona. Para entonces Michel Pérez ha desarrollado ya una cierta confianza no solo en su técnica sino también en su visión del mundo y comienza a crear él mismo el soporte de sus obras. A ello se añade que los títulos de sus trabajos también desempeñan un papel importante en la obra misma. Soporte, objeto y título son una unidad. Ahora los trabajos son como piezas teatrales, el lienzo se convierte en espacio. Michel Pérez busca en si mismo aquellos objetos que antes formaban parte de sus cuadros, ya no más afuera, en la calle o en mercados. Comienza a construir un escenario para colocar allí a sus muñecos. Ahora será el trabajo mas focalizado, mas preciso, la acumulación será repensada y sintetizada. Hay espacio, arquitectura, luz, perspectiva y siempre un horizonte, una referencia de volumen y posición en el espacio. Michel Pérez escenifica, reflexiona sobre el continuo espacio-tiempo. Ahora le interesan el fondo, el espacio y sus correspondientes sombras. Percibe la construcción del espacio, la construcción platónica del espacio. No las formas estáticas del Timeo de Platón, no; él juega más bien tanto con la Alegoría de la Caverna de Platón donde el hombre debe conformarse con las sombras de su existencia como con la Teoría de las Ideas del Fedón, ese mundo donde las Ideas, las cosas-en-si, habitan. Ahora, poco a poco ha tomado conciencia de que los objetos hallados, aquellos objetos reales de uso cotidiano que antes utilizaba, tienen igual contenido de verdad, de autenticidad, que los hallados dentro de él mismo, en su fantasía. Ambos son imperfectos y ambos son reflejo de un universo superior. Y si ambos son imperfectos, por qué no crearlos a partir de la propia intuición.

Es así como comienzan estos nuevos descubrimientos a tomar forma. Escenografía, objetos y título, son partes de una obra de teatro que debe ser producida sin mayor dilación. Ahora se trata de mantener la calma: cualquier pequeña modificación en la distribución de los objetos en el lienzo cambia radicalmente el sentido de la obra. Los colores deben complementarse exactamente entre ellos. Ahora hay que pensar y dibujar el horizonte de manera precisa en la imagen. Ahora comienza también a tomar forma una nueva mitología propia. Michel Pérez Pollo confronta la realidad con los pensamientos y las ideas. Evidentemente antes su arte provenía de un mundo artificial, del mundo de los objetos ya producidos, los objetos encontrados; ahora su arte surge de la fuerza creativa en sí misma y tiene por lo menos el mismo valor para la representación del mundo imaginario como para la realidad en si misma. A través de su arte comienza a crear realidad disolviendo lo acumulado, arribando a la vida misma de un Latinoamericano del siglo XXI, para compensar en algo la precipitada realidad política, económica, cultural y social de la isla en que vive. Michel Pérez intenta crear una realidad estrictamente artística que se ubica entre las dificultades cotidianas, condicionadas por la realidad geográfica, cultural y política, y una realidad exterior aparentemente mejor. Trabaja con la convicción de que el arte puede influir la propia realidad, que las Ideas-en-sí pueden crear realidad, cuando uno es capaz de traducirlas en lo cotidiano. Trabaja con la convicción de que desde una situación precaria, uno puede crear una realidad deseable. Michel Pérez no pinta arte, sino que intenta reflejar la cultura en la que está inmerso.

Finalmente, existe ese momento en que el artista está presente en el espacio por medio de su obra y el observador frente a ella; un observador con su propia realidad y su propio mundo interior, sus pensamientos íntimos, su propio saber, pero también sus dudas, sus propios sueños, su propio pasado, experiencias y convicciones. Para comprender este trabajo no hace falta saber, sino fundamentalmente mirar y solo después quizás hacer. Michel Pérez comienza a construir realidad por sí mismo. Su trabajo formula una propuesta, propone al observador crear realidad por sí mismo. El observador es impulsado a crear realidad, no a cementar su propio conocimiento sobre el artista o su obra, tampoco sentirse confirmado en su propio conocimiento.

Michel Pérez Pollo desea tener alguien enfrente, ante el cuadro, que se atreva a saltar dentro de él sin previo conocimiento. Para ello se necesita valor, y vale la pena.

Enrique Guitart

Vista de la exposición de Michel Pérez Pollo en Mai 36 Galerie (Madrid)

VI

Una “lluvia de pétalos de piedra” del artista Pascale Marthine inunda la sala del otrora cine, ahora convertido en espacio expositivo. Intentar caminar por la sala es un reto ante los fragmentos de piedras intervenidas en una de sus aristas. Los colores, muy vivos, se llevan la atención de la vista, que compite con el sortear sin tropezar con alguna, mientras se disfrutan los lienzos de Michel Pérez Pollo. El diálogo que surge entre ambos artistas, es el motor creativo que impulsa desde la individualidad para que se haya logrado una muestra con tan elevado valor simbólico, enmarcado en la colaboración intermediada por esta galería. No es la primera vez que Galería Continua se luce en ese proceso de crear nexos y alianzas entre artistas cubanos y foráneos. Fórmula de éxito que deriva tanto en la transmisión de valor simbólico de uno a otro artista, como al posicionamiento a niveles de reconocimiento en escenarios internacionales y la generación de otros proyectos mayores.

Si Pascale se aprovecha del medio físico para producir su obra, el Pollo consuma la representación de la realidad de objetos tridimensionales sobre la bidimensionalidad de un lienzo. Esa búsqueda de la mímesis con los objetos que le rodean, hace que la selección de obras de la serie Perspectivas, sean más atractivas aún. Michel, sin dudas en su obra más allá de la mera representación del objeto, se sumerge en la función del arte, de reflexionar sobre la realidad que le rodea, y va incluso más allá. Llega entonces el artista desde su obra a auto-reflexionar sobre su mirada del mundo que le rodea. En ese proceso, que hemos podido ver más cercanamente en su exposición Marmor en el Museo de Bellas Artes, y en las recientes muestras en ferias internacionales con la galería Mai 36, la tridimensionalidad ha llegado a ser uno de los elementos esenciales de la pintura de Michel Pérez.

En cada obra que he podido ver de este artista y ahora más en esta muestra, hay ese espíritu de la pintura contemporánea de reivindicar su fisicidad. Y, sobre todo, ante cada nueva exposición, encuentro en la obra de El Pollo una espiral de renovación constante. Ese aspecto pedagógico que le acompaña, enseña a los alumnos -que somos todos- a mirar con nuevas perspectivas cada obra con un desarrollo volumétrico en lo pictórico, donde el recurso de la tridimensionalidad es dominado al detalle. Sirva ubicar el foco de atención en los planos reales o transparentes, la profundidad ficticia se crea alrededor del objeto, el sombreado, la perspectiva lograda a través de pequeños planos, no sobra nada.

Michel Pérez, junto a un grupo de jóvenes artistas de su generación y otros de la más reciente, siguen confirmando la vigencia de la pintura como un medio de expresión artística incuestionable. Imprimiéndole esas características propias de las nuevas generaciones, la renovación, la evolución constante y un carácter intrínsecamente dinámico.

Pedro E. Rizo

Michel Pérez Pollo

Michel Pérez Pollo (Manzanillo, Granma, Cuba, 1981). Artista visual cubano que actualmente reside y trabaja entre Madrid y La Habana. Es graduado de la Escuela Profesional de Arte de Holguín en 1999 y del Instituto Superior de Arte (ISA) en La Habana en 2007. Se trata de una de las figuras claves de la joven pintura cubana y uno de los referentes fundamentales para la nueva generación de artistas cubanos que gestionan el discurso pictórico dentro y fuera de la isla. El Pollo, como se le conoce entre los colegas y amigos, ha logrado asentar un crédito de prestigio en al ámbito de arte contemporáneo cubano, latinoamericano e internacional, con una celeridad francamente envidiable. De ahí, en parte, el amplio aprecio que ha manifestado la crítica de arte por su trabajo. A pesar de su juventud y de su enorme humildad muchos artistas jóvenes le advierten como maestro y modelo a seguir. Cierto es que su obra ha ejercido una gran influencia entre la comunidad de artistas cubanos, muchos de ellos instalados en los azarosos espacios de la diáspora. Michel es un amante furibundo de la pintura: un apasionado del soporte y un cómplice confeso de la materia. Sus cuadros nos muestran figuras dúctiles, mutables, antojadizas y experimentales, como si se tratase de figuras infantiles realizadas en plastilina. Las formas resultantes pueden ser antropomórficas, pareciendo cuerpos, o geomórficas, produciendo paisajes rocosos o simulacros abstractos alzados imponentes sobre un horizonte bajo por un frágil juego de equilibrios; podría ser una ironía a la pintura de retrato oficial, el retrato institucional monumental del poder. Donde la pintura pinta banales objetos convertidos de pequeña escala a gran escala. Michel se ha enfocado en re-pensar y post-producir los conceptos generales de la tradición del arte abstracto al tiempo que se ha apropiado de lo geométrico para tornarse en orgánico y esencial. Ha sabido jugar con el legado de Malevich, Mondrian, Jean Arp, Josep Albers o Sol LeWitt, desde el ensayo y la aproximación analítica (y lúdica).

Su obra se ha expuesto en infinidad de exposiciones personales y colectivas, pasando por importantes ferias internacionales como Art Basel y ARCO para llegar más tarde a museos y centros de arte de todo el mundo. Entre las exposiciones más relevantes destacan: La realidad es una proyección de la mente. 2022/ Vidas paralelas. Galleria Continua. La Habana (con Pascale Marthine Tayou). Máximal-mínimal. Factoría Habana. La Habana. (Con Laura Carralero). 2021 / Cara a cara. Brownstone Fundation. Paris. (Solo). 2020 / Perfume. Mai36 Galerie. Zurich. (Solo) Por siempre una y otra vez. Arte Continua. La Habana. (Colectiva). 2019 / In front of the world. Sheng zhi Space. 798 Art Zone. Beijing. (Solo). 2018 / Pintar a contratiempo. Centro Hispanoamericano de Cultura, La Habana, Cuba (colectiva); Positivo con positivo. Galería Servando, La Habana, Cuba (colectiva); Buena Vista. Fondation Clément, Martinica (colectiva). 2017 / Art x Cuba – Contemporary Perspectives since 1989. Ludwig Forum für Internationale Kunst, Aachen, Alemania (colectiva); Kuba Art Now. Singer Laren Museum, Países Bajos (colectiva); Uqbar. Mai 36 Galerie, Zúrich, Suiza (individual). 2016 / Siete días de suerte. Siegfried Contemporary, Londres, Reino Unido (individual). 2015 / Between. Unión Nacional de Arquitectos de Cuba, La Habana, Cuba (colectiva). 2014 / Obra reciente. Mai 36 Galerie, Zúrich, Suiza (individual); Para quebrar los muros. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, Cuba (colectiva); Agua salada. Centro Hispanoamericano de Cultura, La Habana, Cuba (colectiva). 2013 / Painting of all excuses (con Raúl Cordero). Central Track, Dallas, Estados Unidos (colectiva); On Painting. Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), Gran Canaria, España (colectiva). 2012 / IB6621. Mai 36 Galerie, Zúrich, Suiza (colectiva); Heavy & Happy Painters. Oncena Bienal de La Habana, La Habana, Cuba (colectiva). 2011 / Spielend verstegen. Galerie Knoerle & Baettig, Winterthur, Suiza (individual); Junge Szene Kuba. Pasinger Fabrik, Munich, Alemania (colectiva); Torbellino. Galería Habana, La Habana, Cuba (colectiva). 2010 / Prometo ser breve. Galería Servando, La Habana, Cuba (individual); Bomba. Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, La Habana, Cuba (colectiva); Cierra los ojos, abre la boca. Centro de Arte Tomás y Valiente, Madrid, España (individual); Aburrido del chocolate. Raymaluz Art Gallery, Madrid, España (individual). 2008 / Isla in Continente. Galería Nacional de Arte Fundarte, Tegucigalpa, Honduras (colectiva); Bla, bla, bla. Galería Servando, La Habana, Cuba (colectiva); Inventario. Fundación Ludwig, La Habana, Cuba (individual).

Actualmente es uno de los artistas representados por Mai 36 Galerie, galería de arte contemporáneo internacional, ubicada en Zürich y fundada por Víctor Gisler en 1987.

Etiquetas: Last modified: 5 septiembre, 2024